Nuestra Esperanza de Gloria
¿Qué es esperanza? ¿Qué significa tener esperanza? La respuesta a estas preguntas es de vital importancia para cada ser humano. Para muchos, esperanza es simplemente un sentimiento o una idea inspiradora, otros prefieren ni siquiera pensar al respecto pues no ven esperanza alguna para el mundo sino que viven en un continuo pesimismo. Dentro y fuera de la Iglesia hay todo tipo de opiniones al respecto, sin embargo, ¿qué nos dice la Biblia acerca de lo que es verdadera esperanza?
Las Escrituras nos dicen claramente que hay solo UNA esperanza futura verdadera (Ef. 4:4), la cual es el centro de nuestra fe apostólica. Nuestra esperanza es que Jesús va a regresar a la tierra (Tit. 2:11-13), nos va a resucitar de entre los muertos (Jn. 6:40-54; Hch. 23:6; 24:15) y establecerá su Reino Mesiánico desde Israel (Isa. 9:6-7; Lc. 1:31-35; Rom. 1:1-4), para traer justicia, paz y gozo a las naciones (Isa. 42:1-4). Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios es nuestra esperanza de gloria (Col. 1:27), la gloria de la Resurrección y el Reino venidero.
La Biblia enfatiza la centralidad de esta esperanza, la única esperanza verdadera, en el carácter de los santos que han estado esperando desde el principio por redención, vindicación y la restauración de todas las cosas conforme a su perfección original antes de la caída (Gen. 3:15; 4:25-26; 5:22; Judas 14-15; Hch. 19-21; Rom. 8:18-25). Esta esperanza es por lo tanto el corazón mismo de la Iglesia en oración que clama noche y día por la salvación que el Señor Jesús llevará a cabo el Día de su regreso. Es el corazón del Espíritu y la Esposa que clama en el fin del siglo, "¡Ven, Señor Jesús! (Ap. 22:17).
Sin embargo, para muchos cristianos hoy en día, tener nuestra esperanza puesta COMPLETAMENTE (1 Ped. 1:13) en el regreso de Jesús a la tierra, no es algo práctico sino que alegan que desconecta a la gente de la realidad actual, y peor aún, que produciría incredulidad y falta de oración en el presente. ¡Nada más lejos de la realidad! La verdadera fe apostólica está arraigada en esta esperanza. Hebreos 11:1 nos dice que “la fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve." Luego, en el resto del capítulo vemos una lista de hombres y mujeres que perseveraron en su fe a través de grandes pruebas, esperando pacientemente por las promesas acerca de la Resurrección y el Reino, y se nos exhorta a hacer lo mismo. Por lo tanto, la verdadera esperanza fortalece la verdadera fe. En lugar de producir incredulidad y falta de oración, produce mayor fe y despierta un gran clamor por el cumplimiento de las promesas que como ya mencioné, están totalmente relacionadas a la Resurrección y Reino venidero de Jesús el Mesías.
A la luz de nuestra esperanza segura (cuando es verdadera esperanza), el regreso de Jesús para establecer su Reino en el Día del Señor, nuestros corazones crecen en urgencia en cuanto a testificar fielmente a los perdidos (Mt. 24:14), en palabra y hecho, acerca de este Día en que su Reino será establecido, con el fin de que no sean destruidos en el juicio de ese Día, sino que sean salvos. De esta manera también les damos verdadera esperanza a los pobres y oprimidos a través de estas buenas noticias (el evangelio).
Es urgente que ocurra una gran reforma en la Iglesia, en la que llamemos a los santos a volver su mirada a Jesús, el Autor y Consumador de nuestra fe, y que pongamos nuestra esperanza en El y en su Reino venidero solamente, confiando de que El y sólo El traerá justicia, paz y gozo a las naciones. Esto cambiará radicalmente el entendimiento y la expresión del cristianismo en esta generación y nos preparará para las pruebas y tribulaciones del fin del siglo, mientras aguardamos la esperanza bendita y la manifestación de la gloria de nuestro gran Dios y Salvador Cristo Jesús (Tit. 2:13).
¡Ven Señor Jesús!
¡Ven Señor Jesús! Este es el clamor que el Espíritu Santo está despertando en la Iglesia a lo largo de toda la tierra. Miles y miles de voces se unen a este coro apasionado que clama por el regreso del Esposo, nuestro Señor y Mesías Jesús de Nazaret. Como nunca antes en la historia, la Iglesia a nivel mundial está tornando su mirada a Jesús como su única esperanza y deseo aquí en la tierra, todos confiesan junto al salmista, “¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra (Sal. 73:25). Este santo clamor es el corazón mismo del movimiento mundial de oración y adoración que el Espíritu está levantando en las naciones, con el fin de preparar a los creyentes para que perseveren en pasión, poder y proclamación en medio de las pruebas y tribulaciones del fin del siglo.
El deseo del Padre es preparar a una Esposa pura y sin macha (Ef. 5:27) que ame a su Hijo tal y como El lo ama (Jn. 17:26), y que sea la ayuda idónea con la cual Jesús habrá de reinar en gloria sobre toda la tierra (Ap. 20:4). Parte de su estrategia para llevar esto a cabo es fascinar el corazón de los creyentes al revelar la belleza de su Hijo Jesús como el Dios Esposo que arde con santa pasión por su pueblo. Libros como Génesis, Cantares, los Evangelios y Apocalipsis son esenciales para encontrarnos con la belleza de Jesús, por eso el Espíritu nos llama con urgencia a que dediquemos horas y horas de ardiente estudio y tierna meditación en la Palabra. El llamado es para todos, pongamos nuestros ojos en Jesús, el Autor y Cosumador de la fe, pues El es el único digno de toda nuestra devoción. Fuimos creados por El y para El, cualquier otra cosa no es apropiada para nuestras almas que sólo pueden ser satisfechas por los besos de su Palabra (Cant. 1:2).
El Espíritu Santo está levantando mensajeros precursores como Juan el Bautista que han de proclamar la majestad de Jesús como Esposo, Rey y Juez, preparando el camino para su Segunda Venida. Estos mensajeros son los Amigos del Esposo que se deleitan en escuchar su voz y en ser humillados por causa de El (Jn. 3:26-30). Su misión es preparar a la Iglesia para presentarla a Jesús el Mesías como una virgen pura (2 Cor. 11:2). Estos mensajeros viven con la convicción de que la Esposa le pertenece al Esposo y no a hombre o institución alguna (Jn. 3:29).
Seamos parte de lo que el Espíritu está diciendo y haciendo en esta hora. Unámonos al gran coro global y clamemos noche y día, ¡Ven, Señor Jesús! ¡El Espíritu y la Esposa dicen, Ven! (Ap. 22:17-20)
Orar Diariamente
Una cosa he pedido al SEÑOR, y ésa buscaré: que habite yo en la casa del SEÑOR todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura del SEÑOR, y para meditar en su templo. Salmo 27:4
El Salmo 27:4 describe la prioridad en la vida de David como un hombre conforme al corazón de Dios (1Sam. 13:14). Su vida estaba centrada en una cosa: estar en la casa del Señor todos los días para contemplar Su hermosura y meditar en Su templo. David era un hombre fascinado con la belleza de Jesús y aunque era un rey con muchas responsabilidades, lo más importante para el era encontrarse con el Señor a través de un estilo de vida de oración, ayuno y meditación en su Palabra. Como parte de su lista de oración, el le pedía a Dios que le diera gracia para poder entregarse a El diariamente a través de este estilo de vida. David le pedía al Señor que lo ayudara a mantenerse enfocado en esa única cosa.
Lo que motivaba y atraía a David a este lugar de intimidad y encuentro era la realidad de la hermosura de Jesús. Para David orar no era un mero deber religioso, sino que era un gran deleite, era un encuentro con una Persona real, la Persona más gloriosa en todo el universo, Dios. Hay tres facetas principales de la hermosura de Dios: la belleza de su Persona, la profundidad de su Personalidad y la grandeza de su Poder. Su persona es la apariencia de Dios como es descrita en la Biblia, incluyendo el lugar de su morada. Podemos ver descripciones de esto en pasajes como Ezequiel 1, Daniel 7, los Evangelios, Apocalipsis 4-5 y 21-22. Su personalidad tiene que ver con sus emociones y pensamientos, como su amor, compasión, celo e ira, junto con sus planes y propósitos para la creación. La Biblia está llena de descripciones acerca de las emociones de Dios. Podemos llamar a la Biblia el “Diario Personal de Dios” donde conocemos los secretos de su corazón (1 Corintios 2:9-12). Su poder habla de la habilidad de Dios para crear, reinar, salvar, juzgar, restaurar y sanar entre muchas otras de sus actividades como Creador y Rey del universo.
Como David, podemos cultivar una vida diaria de oración y meditación en la Palabra centrada en “una cosa”, la hermosura del Señor. Solo está realidad sostendrá nuestro corazón a lo largo de años de oración placentera y nos mantendrá libres de una actitud religiosa en la que tratamos de convencer a Dios y a los hombres de cuán consagrados somos. Para esto necesitamos orar como Pablo y pedirle al Padre que nos dé “espíritu de sabiduría y revelación en el conocimiento de El, para que los ojos de nuestro corazón sean iluminados” (Efesios 1:17-19). Este es el deseo del Padre, revelarnos su corazón y la belleza de su Hijo Jesús para que le amemos como El lo ama (Juan 17:26) y vivamos con un deseo ardiente de encontrarnos con El en el lugar de oración y tierna devoción. Respondamos al glorioso llamado de habitar en la casa de oración para contemplar la hermosura del Señor.


